A los miembros de la Familia Franciscana

Queridos hermanos y hermanas,

Con alegría en el corazón deseo hacerles llegar mis mejores deseos en una ocasión tan importante para toda la Familia Franciscana, cuya presencia orante y cercanía filial he sentido desde el inicio del Ministerio Petrino. El VIII centenario de la confirmación de la Regla de los Hermanos Menores por el Papa Honorio III en Letrán, que tuvo lugar el 29 de noviembre de 1223, es una ocasión propicia no sólo para recordar un acontecimiento histórico, sino sobre todo para reavivar en ustedes el mismo espíritu que inspiró a Francisco de Asís a despojarse de todo y a dar lugar a una forma de vida única y fascinante con tal que esté enraizada en el Evangelio y sea vivida sine glossa. Que este jubileo sea para cada uno un tiempo de renacimiento interior, de un renovado mandato misionero de la Iglesia que llama a salir al encuentro del mundo, ahí donde muchos hermanos y hermanas esperan ser consolados, amados y atendidos.

Por lo tanto, movido por esos sentimientos, les dirijo algunas exhortaciones que nacen precisamente de las palabras del Pobrecillo de Asís, quien propone a sus hermanos: “[…] observar la pobreza y la humildad y el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo […]” (Regla Bulada 12, 4).

Observar el Santo Evangelio

La Regla Bulada comienza y termina en efecto con una referencia explícita al Evangelio. Las expresiones iniciales son una síntesis iluminadora de toda la Regla: “La Regla y la vida de los hermanos menores es ésta, a saber: guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad» (Regla bulada 1, 1).

Para San Francisco, el Evangelio ha sido en el centro de su existencia; y la Iglesia ha aprobado su propósito, devolviéndoselo a él y a todos ustedes, franciscanos, como un texto que ya no expresa sólo la intuición espiritual de un Fundador, sino una forma de vida. Es un mensaje de alegría que a menudo he querido señalar porque “llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús” (Evangelii gaudium n. 1).

Por tanto, es urgente volver a los fundamentos de un compromiso cristiano y bautismal, capaz de dejarse inspirar, en cada elección, por la Palabra del Señor: ¡Cristo es el centro de su espiritualidad! ¡Sean hombres y mujeres que aprendan verdaderamente “regla y vida” en Su escuela!

Obediencia a la Iglesia

Queridos hermanos y hermanas, para vivir las enseñanzas del Maestro es necesario permanecer en la Iglesia. Francisco lo manifiesta de manera decisiva porque a la frase introductoria que describe la voluntad de seguir los consejos evangélicos añade inmediatamente palabras sugerentes y singulares en el contenido y en el lenguaje: “El hermano Francisco promete obediencia y reverencia al señor papa Honorio y a sus sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia Romana. Y los demás hermanos estén obligados a obedecer al hermano Francisco y a sus sucesores” (Regla Bulada 1, 2-3).

En ese vínculo de “obediencia y reverencia” al Papa y a la Iglesia de Roma, él reconoció un elemento esencial para la fidelidad a la llamada y para recibir a Cristo en la Eucaristía; por eso declara sin vacilar su imprescindible pertenencia a la Iglesia. Pues bien, vivan el espíritu de la Regla en la escucha y en el diálogo, como lo sugiere el camino sinodal. Sostengan tenazmente a la Iglesia, repárenla con el ejemplo y el testimonio, ¡incluso cuando parezca que cuesta más!

Ir por el mundo

Por último, quiero retomar la intuición contenida todavía en la Regla bulada de ir al mundo. Interviniendo en primera persona, el Seráfico Padre se pronuncia así: “Aconsejo, también, amonesto y exhorto a mis hermanos en el Señor Jesucristo, a que, cuando van por el mundo, no litiguen y eviten las disputas con palabras, y no juzguen a los otros; sino sean apacibles, pacíficos y modestos, mansos y humildes, hablando a todos honestamente, como conviene. […] En toda casa en que entren, primero digan: Paz a esta casa […]” (Regla 3, 10-13).

Salir al mundo significa para ustedes, hermanos y hermanas franciscanos, realizar concretamente la vocación itinerante con un estilo de fraternidad y vida pacífica, sin rencillas ni disputas, ni entre ustedes ni con los demás, dando prueba de “minoridad”, con mansedumbre y dulzura, anunciando la paz del Señor y confiándose a la providencia: es un programa especial de evangelización, posible para todos.

En esta perspectiva, es bueno redescubrir la belleza de la evangelización típicamente franciscana, que nace de una fraternidad para promover la fraternidad; de hecho, es la vida la que habla, el amor donado en el servicio es la más grande modalidad de anuncio. Reencuentren fuerza, por tanto, en esta vocación particular, propia de los “menores” y de los “pobres”, que ustedes son por deseo y por pertenencia. Se las da Francisco en su Regla y estoy convencido de que está en sintonía con la invitación que dirijo a la Comunidad cristiana a ser “Iglesia en salida”: “Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie” (Evangelii gaudium n. 23).

Hermanos menores

Por eso les digo: no duden en salir al mundo en «fraternidad» y en «minoridad», compartiendo la bienaventuranza de la pobreza, convirtiéndose en signo evangélico elocuente y mostrando a nuestra época, lamentablemente marcada por guerras y conflictos, por egoísmos de todo tipo y lógicas de explotación del medio ambiente y de los pobres, que el Evangelio es realmente la buena noticia para el hombre, de modo que encuentre la mejor orientación para la construcción de una nueva humanidad, junto con el valor de emprender el camino hacia Jesús, que “de rico que era, se hizo pobre por nosotros, para que nosotros nos enriqueciéramos con su pobreza” (cf. 2Cor 8,9).

Queridos hermanos y hermanas, les confío la misión de saber identificar los caminos adecuados a seguir para poder corresponder con audacia y fidelidad al carisma que han recibido. Mientras se disponen a recordar las etapas fundamentales de la historia de esta numerosa Familia Franciscana, invoco la intercesión de la Virgen María y de los santos Francisco y Clara de Asís, y gustosamente les envío mi Bendición, pidiéndoles, por favor, que sigan rezando por mí.

Roma, desde San Juan de Letrán, 9 de noviembre de 2023 Aniversario de la Dedicación de la Basílica de Letrán

Francisco