Un jardín, un árbol y un tejido: una misma familia que crece

La tercera jornada de nuestra Asamblea comenzó con María Magdalena como compañera de camino: una mujer que buscó, amó y encontró. Desde esta clave de búsqueda y encuentro, las tres regiones compartieron cómo viven y construyen hoy la Familia Carismática.

Europa la presentó como un jardín; África, como un baobab, árbol de vida y memoria; y América, como un tejido formado por muchos hilos. Tres imágenes distintas para expresar una misma realidad: una familia con raíces comunes, que crece en la diversidad y se fortalece mediante el cuidado, la corresponsabilidad y la misión compartida.

El diálogo permitió reconocer los avances realizados, especialmente en la cercanía entre hermanas y laicos, la participación conjunta y una conciencia cada vez mayor de pertenecer a una misma familia. También se pusieron sobre la mesa las dificultades y las llamadas urgentes: fortalecer la formación y la comunicación, generar más espacios de encuentro y escucha, avanzar hacia relaciones más corresponsables y cuidar especialmente los nuevos brotes, los jóvenes, las nuevas vocaciones y las realidades más vulnerables.

Por la tarde, abrimos la conexión online para unirnos a la Familia Carismática desde distintos lugares del mundo, para participar en una formación sobre la herencia espiritual de Francisco y María Ana a la luz de sus últimos momentos. El diálogo nos ayudó a descubrir en nuestra fundadora a una mujer optimista, apasionada, resiliente, sensible y profundamente humana, llamada también hoy a inspirarnos en nuestra manera de vivir y liderar.

De los sueños a los pasos concretos

El día 23 comenzó, como cada jornada, alrededor de la mesa de la Eucaristía. Después, toda la Asamblea se puso manos a la obra para concretar los caminos que queremos recorrer como Familia Carismática.

Organizados en cinco centros de interés —Misión y Periferias, Mundo Joven y Voluntariado Misionero, Animación de Comunidades, AMAM y Educación Formal y No Formal—, fuimos pasando de los sueños a los objetivos, las líneas de acción y las acciones concretas, preguntándonos también cómo podremos reconocer que avanzamos.

La puesta en común permitió descubrir la riqueza de mirar una misma realidad desde diferentes perspectivas. Surgieron propuestas, preguntas y llamadas a seguir articulando todos los ámbitos de nuestra misión, a fortalecer la presencia y el acompañamiento a los jóvenes, a impulsar la formación que transforma, a cuidar la continuidad del carisma y a abrirnos a nuevas formas de participación y misión compartida.

El trabajo realizado nos deja la sensación de que tenemos entre manos algo que merece la pena y que existen razones para seguir caminando con esperanza. Y, como broche final, el rosario compartido nos ayudó a poner el día en manos de María.

Pero aún quedaba una sorpresa: ¡María Ana cumple 200 años! La invitación a celebrar juntos este cumpleaños tan especial nos acompañó al descanso, con la certeza de que la fiesta… ¡apenas comienza!

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