El lunes de Pascua, 6 de abril, un grupo de hermanas de la Delegación de Madrid, hemos disfrutado de una jornada que quedará en nuestra memoria de forma especial: un día de convivencia, descanso y alegría compartida entre hermanas.
En un ambiente de armonía y sencillez, recorrimos dos pueblos llenos de historia y encanto: Chinchón y Nuevo Baztán, cada uno con su propia identidad y su huella en el tiempo.
En Chinchón, con su emblemática plaza mayor —irregular, acogedora y viva desde la Edad Media— sentimos la fuerza de un pueblo que ha sabido conservar su esencia. Sus calles empedradas, los balcones verdes que rodean la plaza y la presencia silenciosa de la torre del reloj nos acompañaron mientras paseábamos, invitándonos a saborear la calma y la belleza de lo auténtico.
Más tarde, en Nuevo Baztán, nos adentramos en un proyecto ilustrado del siglo XVIII. Fundado por Juan de Goyeneche como un modelo de organización social e industrial, el pueblo conserva la elegancia de su palacio, la sobriedad de la iglesia y la armonía de un trazado urbano pensado para la vida comunitaria. Caminar por sus calles rectas es asomarse a un sueño de progreso que aún hoy se percibe en sus piedras.
La comida, sencilla y típica de estas tierras, se convirtió en un momento de verdadera fraternidad: risas, conversación, cercanía y ese gozo sereno que nace cuando una mesa se comparte desde el corazón.
Fue un espacio para agradecer la vida, la compañía y la posibilidad de celebrar juntas la Pascua, signo de renovación, esperanza y camino compartido.
Hoy damos gracias por cada gesto, cada palabra y cada instante vivido. Por la belleza de los lugares visitados, por la alegría que brota cuando caminamos unidas y por la certeza de que estos momentos fortalecen nuestra fraternidad.
Que lo vivido hoy siga iluminando nuestros días y nos recuerde que la Pascua también se celebra así: en la sencillez, en la convivencia y en el gozo de estar juntas.