El sábado 12 de septiembre se celebró en la diócesis de Madrid la Jornada Mundial de Oración por la Creación.
Esta celebración inicia el Tiempo de la Creación, que estableció el Papa Francisco para tomar conciencia del deber y la responsabilidad de cuidar nuestra CASA COMÚN y agradecer el don de todas las criaturas que nos sostienen, nos alimentan y visten de belleza nuestra vida y nuestro mundo.
Este año, la celebración tuvo lugar en Navalagamella, un pueblo de la sierra de Madrid, machacada por los incendios del pasado mes de julio. El Cardenal de Madrid, José Cobo, quiso que estos pueblos, en representación también de tantos otros que han sufrido las mismas catástrofes, sintieran el apoyo y la cercanía de la iglesia, como así fue.
De nuestra Congregación participamos varias hermanas y fuimos testigos de la destrucción y de las ansias de regeneración, así como de la gratitud y generosidad de estas gentes, que nos recibieron con todo cariño y detalle, invitándonos a una paella que ellas mismas cocinaron como final del encuentro.
Como acto central, destacar la celebración religiosa ecuménica, muy participativa por parte de todos los grupos asistentes, incluida la comunidad parroquial.
Para terminar, señalar unas palabras del Obispo auxiliar de Madrid, Vicente Martín Muñoz: “Nos reunimos hoy con el corazón todavía sobrecogido y la mirada puesta en nuestras cimas y laderas, que el pasado mes de julio se tiñeron de un negro doloroso y traumático… El fuego no sólo consumió hectáreas de pinos, encinas y vida silvestre; quemó también la tranquilidad de nuestros hogares y la belleza de este paisaje que consideramos un reflejo diario de la gloria de Dios. Sentir el dolor por la tierra quemada es un signo profundamente cristiano: es el llanto por la herida infligida a la creación… El Papa nos recuerda que “el sufrimiento humano y la destrucción del equilibrio armonioso de la creación…constituyen un único clamor de sanación y de paz, que se eleva desde un mundo herido.” Cuando arde nuestra sierra, arde nuestro tejido social, nuestra memoria colectiva y el sustento de nuestras familias, además de perderse la sabiduría del Creador que atesora la biodiversidad de nuestros montes y bosques.
Nos enfrentamos a una crisis provocada, en gran parte, por un modelo de desarrollo obsesionado con el crecimiento ilimitado. A nivel planetario, la ciencia nos advierte que hemos traspasado peligrosamente los límites para mantener la vida en la Tierra, y en España esto se traduce en una realidad innegable: sufrimos una intensificación alarmante de las olas de calor, de sequías prolongadas y cronificadas, de incendios, de lluvias torrenciales y una preocupante tendencia a la desertificación. Transformar las espadas en arados significa sanar el suelo carbonizado y reconstruir con criterios de justicia y amor…
No podemos olvidar a la ingente cantidad de hermanos que migran cada año por las catástrofes climáticas; familias enteras que lo pierden todo: cosechas, hogares y, trágicamente, a sus seres queridos. Son víctimas de la explotación cruel de unos recursos naturales que incluso provocan guerras. Un clamor que nos urge a actuar desde la fe y la justicia. Hagamos que cada gesto de sobriedad, cada esfuerzo por la justicia energética, cada acto de acogida al migrante y cada palabra de paz sean instrumentos con los que forjamos arados para cultivar una humanidad nueva.
Mercedes Esquinas, fmmdp