Fraile capuchino, poeta y licenciado en Filología, imparte clase de Antiguo Testamento en la Universidad Pontificia Comillas. Sus versos han sido reconocidos con importantes premios

Víctor Herrero, OFM Cap – Imagen de Carlos Mira

De opción franciscana, Víctor Herrero de Miguel (Salamanca, 1980) vive en un convento en el monte madrileño de El Pardo, un hogar en la naturaleza desde donde va y viene a diario para impartir clases de Antiguo Testamento en la Universidad Pontificia Comillas. Licenciado en Filología, su tesis doctoral es sobre el libro de Job. Escribe una poesía muy auténtica, cuyo valor ha encontrado el reconocimiento del mundo en premios como el Ciudad de Salamanca de Poesía 2023, por Lo que busca la abeja, o el Internacional de Poesía Antonio Oliver Belmás 2024, por Las sílabas del cielo.

—Su formación literaria le empujó hacia la vida religiosa, cuando la modernidad parece haber levantado un antagonismo entre ambos caminos…

—El mundo moderno es proclive a marcar distinciones absolutas allí donde por mucho tiempo no solamente no ha habido oposición, sino casi complementariedad. Si repasamos cualquier historia de literatura española, ¿cuántos nombres de grandes escritores, y aun los mejores, son personas que han optado por una vida religiosa? Yo no estoy entre los mejores, pero sí he comprendido que no tengo dos vocaciones, sino que siempre es la misma: una muy temprana que, ya desde niño, descubro en mí hacia la palabra, que en la infancia tiene que ver con lo que el niño acoge de ella: el cuento, la narración, la maravilla, la historia, la fantasía… Después, eso se va depurando más finamente hacia la palabra poética. Estudio Filología y me meto en las lenguas y literaturas antiguas. Todo de una manera nada abrupta, sobrevenida con procesos del propio camino biográfico personal. Ha habido mucha continuidad: en la vocación del poeta siempre ha estado la vocación del fraile, incluso aunque no lo supiera.

—¿Cómo influye la vida del fraile en su proceso creativo?

—A diferencia del monje, cuya vida está centrada en el monasterio, el claustro del fraile —yo soy franciscano— es el mundo. La nuestra es una vida de ida y vuelta, de salir y entrar, de estar continuamente en contacto con una realidad que es la que todos habitamos, pero con un modo de vivir en ella que no es específicamente monástico, pero sí religioso. En mi jornada, hay una combinación compensada entre actividad y contemplación, el tiempo largo. Cada día, tengo tiempo para el silencio, la oración y la lectura, en un lugar donde se escucha la voz de la vida. Vivo en un convento y trabajo en una universidad, estoy en el ruido del mundo, voy y vengo, y precisamente el hecho de que todo nazca del silencio, vaya al mundo y del mundo pueda recoger alegrías y dolores, gozos y sombras, y traerlos luego aquí, despacio, en la oración delante de Dios, me otorga esta contemplación tan privilegiada.

—Más que paz y silencio, podría pensarse que esta dualidad genera más prisas y estrés…

—Toda vida humana verdadera consiste en aceptar que estamos hechos de una tensión. Esa cuerda tensa que fragua nuestro ser es la que mantiene unida nuestra vida. Por eso, siempre existe la tentación —constante, además— de aflojar por la acción o por la contemplación, entre el silencio y el mundo. Hay una tensión, pero también una alimentación, para poder, desde el silencio, purificar la palabra y la acción. Me sentiría incapaz de decir mínimamente algo si eso que digo no estuviese sostenido por un profundo y detenido silencio. Es un tránsito de la superficie al hueso, y viceversa.

—¿Cómo se ve desde el convento el ruido en que vivimos fuera, especialmente por las nuevas tecnologías, tan invasivas de la intimidad?

—No existe una barrera de protección: todo lo que está fuera está también dentro. La tecnología entra por ondas, está por todos los lados. El silencio no te lo ofrece el lugar en el que vives, sino la opción que has hecho para vivir. Y es una opción a la que hay que estar continuamente atento, porque existe un gran riesgo de que aquí dentro pase lo mismo que fuera. De hecho, puede ser incluso mayor, porque, liberado de ciertas cosas, tienes más tiempo para perder el tiempo. No idealizo nuestra vida. Ahora bien, el ritmo regular de nuestros días, vertebrados por los salmos y la oración en común, ofrece un alimento cotidiano que realmente hay que ser muy estúpido para no aprovechar. Me siento muy afortunado.

—¿Cómo es el proceso creativo en su poética?

—Seguramente hay tantas maneras como poetas, no hay una fórmula universal. En mi caso, existe la percepción de la irrupción de algo que me obliga a detenerme. Como si en el trayecto de un cuerpo, otro cuerpo más fuerte lo detuviera y le dijera: «Quieto, aquí pasa algo». En este caso, el poeta habla con el lenguaje del religioso, es algo como la escucha de una voz. No es que yo vea el poema, sino que algo me dice: «Escucha, porque tienes que escuchar esto. Mira, porque tienes que mirar algo». Es decir, veo algo y algo me dice que lo mire más; escucho algo y algo me dice que lo escuche más. Siempre está la irrupción de esa voz que me invita a detenerme, a contemplar, a escuchar y a nombrar de una manera limpia, gratuita, oblativa, generosa. Creo que la poesía es algo así como la pesca milagrosa: tienes que estar junto al mar y tener la red contigo. Esa es la condición, más tener la capacidad de recibir las cosas. Nada más.

—¿Se parece un bloqueo creativo a la sequedad de una crisis de fe?

—Cuando era más joven, manejaba esa categoría de bloqueo, pero desde hace muchos años he cambiado la perspectiva. No hay bloqueo creativo en mí, porque hay conciencia de que, cuando el poema te viene, te viene algo que tú no has ido a buscar. Yo no me levanto cada día pensando que tengo que escribir. No es mi obligación ni mi trabajo, es algo que excede todo eso. Es el ciento por uno del Evangelio, la añadidura. El dolor, en mi caso, no existe por no escribir; lo que me obliga a hacer un examen de conciencia es no haber estado atento, no haber estado lo suficientemente despojado de mí como para que el poema venga a mí, no haber sido lo suficientemente generoso o desnudo para poder recibir esa presencia. Y en ese sentido, creo que sí tiene que ver con la crisis de fe, porque la concibo de manera muy semejante a este proceso: yo no voy a buscar a Dios; el fracaso es cuando siento que viniendo él a mí, yo bloqueo, obturo o rechazo su llegada, que yo no voy a él. Para mí, la crisis de fe es no ser capaz de recibir aquello que se te da. En mi caso, la poesía.

—¿Cómo se articula la concepción del poema como don con una obra propia, con sus temas recurrentes y estilos identificables?

—Al principio, pensaba, como casi todos los jóvenes, que la vida era algo que yo tenía que conquistar, que todo tenía que ver con la fuerza, el propósito, las ganas… comerse el mundo. Al mismo tiempo, creía que los temas de mis poemas debían ser los que fuera capaz de crear. Desde hace muchos años, la vida ya no es algo que quiera conquistar, sino que es esa fragilidad que se me regala y que tengo que acoger, cuidándola. Y, temáticamente, pues la poesía no es para mí el despliegue de una originalidad, sino la contemplación, el vínculo lento y delicado con lo de siempre, lo ordinario. En los poemas que se me ofrecen está lo que hay en mi vida; no invento: está la mesa de madera, el rostro del fraile mayor, el atasco de la M-30, pájaros. En la manera franciscana de ver el mundo, la naturaleza no es un adorno, ni un lugar de descanso o desconexión. Es nuestro convento. El árbol no es Dios, la naturaleza no es divina, pero hay algo en ella que, de manera muy limpia y gratuita, me permite imaginar la bondad que está detrás.

—¿Qué podría considerarse emblema de su obra?

—Tengo tres poemarios publicados: La balanza, Lo que busca la abeja y Las sílabas del cielo. He publicado este año un poemario religioso, El camino hacia el fondo, que es un acto de contemplación de la cruz. Por ahí, en revistas literarias, hay algunos poemas… Pero tengo la sensación de que todos son la misma obra, que en diferentes momentos de mi vida han recibido títulos distintos. Una vez publicados, no vuelvo demasiado a ellos, que los muertos entierren a los muertos. Me siento orgulloso, eso sí, de haber recibido especialmente un poema o, más bien, un momento poético: mi madre estuvo muchos años muy enferma y eso vertebró algo importante en mi vida: su acompañamiento, su cuidado y la recepción de su cuidado. Quizás, me siento alegre de, entre tanta morfina, tanto hospital y tan aparente destrucción de la vida, haber sabido estar atento y recibir tanta vida como ahí se me dio y que se convirtió en sustancia poética. Lo que me hace sentir más alegre de la literatura es darme cuenta de que esos fondos de la realidad, que normalmente despreciamos y a los que tenemos miedo, están llenos de poesía.

—¿Cree que, más allá de lo evidente —en cuanto a temática religiosa—, un poema puede ser una buena forma de oración?

—Cualquier poema que sea verdad. Hay muchos poemas que son mentira, publicados por poetas de mucho nombre y que han ganado premios, pero no son verdad. Son un ejercicio literario, y eso, a mí, no me interesa. Rezar es acoger. En el poema verdadero sí se puede rezar, porque te puedes desnudar en él y despojarte de pretensiones. Acogiendo una verdad, te conviertes tú también —como el poema— en un receptáculo que puede acoger otra verdad mayor, que es aquella a la que imploras y suplicas.

—¿Cómo ve el futuro de la poesía espiritual en un mundo que, por un lado, acelera en cuanto a secularización, pero al mismo tiempo gira hacia la espiritualidad oriental?

—Pareciera que lo que tiene mala prensa o falta de prestigio es el cristianismo, porque lo que se adopta de otras culturas suele tener mayor aceptación. Creo que corresponde a nuestra generación redescubrir la fuerza poética de la revelación y el mensaje cristianos, partir de nuestra propia tradición bíblica y reivindicar la fuerza poética de Jesús. Es apasionante descubrir que Cristo es el verdadero poeta, los demás lo somos por aproximación. La fe cristiana no es un conjunto de abstracciones teoréticas, como tampoco es —y esto es un gran peligro— un acervo de sentimientos más o menos en ebullición. La fe cristiana no es lo esotérico, lo extraño, está sustentada en el principio de la encarnación de Dios, que viene a habitar lo cotidiano. No hay una invitación más verdadera a habitar lo poético de la existencia. A mí no me preocupan tanto los poemas que se escriban, sino esa vuelta a mirar nuestras raíces. Para mí, la esperanza no es lo que pasará mañana, sino la capacidad que tenemos de contemplar lo que pasó ayer.

—¿Sería este emotivismo en la fe el equivalente a la poesía de fuegos artificiales?

—Sin duda. Para que un poema emocione de verdad, tienes que haber pulido mucho la emoción que te ha hecho llegar hasta él. Lo mismo sucede con un dolor, que hay que haberlo trabajado mucho previamente para que, al transmitirlo, no le duela al otro. Con la fe pasa un poco igual: siempre hay una fuerza, pero también una contención, un vigor atenuado por una ternura y una ternura fortalecida por un vigor. Yo creo que se puede transmitir una experiencia, ya sea a través del poema, la liturgia, la pastoral o el libro de teología, pero siempre acompañada de un pudor, porque la relación de fe es, en última instancia, una relación de intimidad, y ese respeto es sagrado.

—Usted es profesor de Antiguo Testamento y, concretamente, de literatura sapiencial, la parte más poética de la Biblia: ¿cómo se aborda la enseñanza de textos que son a un tiempo sagrados y literarios para sacarles todo el partido en su hondura espiritual y calidad literaria?

—Intento explicar que no existe distinción entre forma y fondo, entre contenido y continente, sino que el carácter poético es lo que hace posible el encuentro con lo sagrado. Dicho de otra manera, Job o el Cantar de los Cantares no se pueden resumir. Yo no puedo decirte de qué va; tú tienes que tener la experiencia poética del libro. Igual que no se pueden resumir las parábolas de Jesús, hay que escucharlas en su fuerza poética. Cristo amplifica, reduce, inventa, quita, pone, entra, sale… Eso es poesía. No nos lleva hacia la literatura, sino al encuentro con lo sagrado. En contra de lo que muchas veces se ha pensado, no existe una forma más o menos mudable y un fondo que es lo que importa, sino que la forma es transmisora en sí, en ella está el fondo. Si, por ejemplo, tomamos un salmo de alabanza o de súplica de un moribundo y queremos reconocer dónde habita lo sagrado en esa agonía, tenemos que entender y aspirar a conocer mejor cómo lo está diciendo. Esto no es un ejercicio estético, sino de amor. Es como el padre al que se le cae la baba con la lengua de trapo de su hijo: la forma como dice las cosas es importante en esa experiencia. Es dulce, ve cómo va aprendiendo a decir las cosas, luego crece y es más grande… Es siempre una forma. La vida es forma y la forma no es una añadidura a la vida, es su contenido también.

—Esta percepción sería también aplicable a los géneros literarios…

—En la Biblia, está todo mezclado. Abres el Génesis, que es un relato, pero esa narración está llena de poesía. Hay ritmo, música, ambigüedad, poeticidad. Hagamos lo contrario: tomemos Job o el Cantar, que son obras poéticas, pero a la vez tienen una trama y un hilo conductor, complicaciones, desenlaces, personajes… El Evangelio es otro cóctel maravilloso de géneros: tiene algo de biografía, relatos, poesía y hasta teatro, en la Pasión. Desde la primera línea del Génesis hasta la última coma del Apocalipsis, en la Biblia nunca deja de existir la poesía. Incluso formulaciones legales como las del Levítico se dicen poéticamente. El carácter de la Biblia es precisamente poner delante de nosotros, sin demasiadas distinciones intelectuales, una fuerza única que está en la palabra, y que es capaz de vehicularse a través de formulaciones que, siendo distintas, convergen.

—¿Qué opinión le merecen las idas y venidas del canon con ese libro tan poético que es el Cantar de los Cantares?

—El Cantar es un misterio. Nos cuesta, porque es algo que realmente nos excede. No podemos comprenderlo, toda aproximación a él es muy parcial. Los propios hebreos tuvieron que pasar penalidades para acercarse al texto, y no pocos han dicho que algo así no podía estar en la Biblia. Por otra parte, autores también hebreos como Rabí Akiva consideran que este libro es lo más sagrado de lo sagrado, una fórmula que para los cristianos sería como decir que el Cantar debería estar en el Sagrario, porque en él está la presencia real de Dios. Lo que yo explico en clase es que en este libro nos percatamos del carácter salvaje de Dios. Porque Dios no es una criatura que se deje poner un collar y a la que le gusta que saquemos a pasear. Dios hace lo que quiere, como quiere, cuando quiere y a quien quiere. Ese es Dios. Es bello y salvaje. Y el Cantar es un libro bello y salvaje, como Él.

—Lo mismo podría decirse de Job, aunque con otro tono…

—En efecto, Job es otro misterio. Hice una tesis doctoral sobre él, cada año me toca explicarlo en la universidad, he dado mil charlas… y no hay vez que abra ese libro y no tenga la sensación de que me supera. San Jerónimo decía que este libro es como un pez que cuando lo tienes en la mano, en la profundidad del río, se te escapa. Yo lo experimento cada día. En Job contemplamos a un hombre que lo único que tiene es la palabra. Ha perdido todo, menos la capacidad de preguntar, recordar, proyectarse o esperar. Cuanto más y más profundamente vamos leyendo ese libro, vamos encontrando, por decirlo así, que sin Job no habría Jesús. Cristo es la palabra hecha carne y Job es la carne devenida palabra, un hombre convertido en voz, en un poema. En el libro de Job, como en toda la Biblia, está el libro y está contenido algo más que el libro, que lo rebasa con mucho. Por todo esto, Job es un imán de atención poderosísimo, que apela al psicoanálisis, a ambientes profanos, laicos, extraeclesiales… Uno mismo se da cuenta de que ahí está lo religioso, pero que hay algo previo y radical, que es lo humano. Entonces, uno puede entrar por la puerta de lo humano, que es siempre una entrada más baja, pero que también está más cerca del origen de las cosas.

Publicado en revistaeclesia.es