La tarde del domingo 10 de noviembre, las comunidades de Madrid nos encontramos en la Casa Madre para celebrar y compartir en torno a nuestras hermanas mártires.

Un año más nos convocaba el recuerdo y la memoria agradecida de nuestras hermanas mártires, mujeres que, “con amor, paciencia, fidelidad y sacrificio fueron tejiendo, puntada a puntada, una manera carismática de ser y vivir en el mundo, haciendo posible este gran tejido congregacional que nos cobija y envía”. (Doc XXII CG)

Comenzamos con una dinámica grupal recordando el recorrido del martirio por el que pasaron cada una de nuestras hermanas. Cada grupo fue recorriendo, cambiando también simbólicamente de lugar, tres momentos por los que pasaron, realizando en cada uno de ellos distintas actividades, precedidas de una reflexión de lo vivido allí.

Culminamos este recorrido en la Iglesia, ante el cuadro de nuestras hermanas, en el que nos preguntamos qué nos puede ayudar hoy a seguir manteniendo viva su memoria.

Después de esta dinámica, terminamos con la oración en la capilla mariana bajo el manto de la Divina Pastora, imagen querida y venerada por nuestra M. Fundadora, ante la que ellas también tantas veces oraron. Agradecimos la vida de nuestras hermanas, su valentía, fortaleza y confianza en Dios, actitudes que las llevaron a testimoniar su fe hasta dar la vida.

En actitud orante, compartimos las pistas que nos ayudan a mantener hoy viva su memoria:

  • Conocimiento profundo de sus vidas y confrontar la nuestra con las suyas.
  • Recordar y actualizar, haciendo vida en nosotras la fortaleza y la fe que las animó.
  • Sentir que somos parte de un proyecto más grande y saber ir respondiendo cada día a las cosas pequeñas en función del bien de la comunidad, de la sociedad, de la Iglesia. La entrega de la vida no surge espontáneamente, se va forjando en el día a día.
  • Acoger las dificultades de cada día con sentido de fe y amor a Jesús y a los hermanos.
  • La fe, la valentía, el amor a la congregación de nuestras hermanas nos anima y nos impulsa a confirmar nuestra entrega.
  • Constatar la realidad congregacional, social y eclesial con fe y ver qué podemos aportar para ser portadoras de esperanza. ¿Qué aporto en mi realidad cercana?

Y mirando a nuestra Divina Pastora, le pedimos nos ayude a ser fieles como ellas hasta el final, a ser testigos en las pequeñas cosas de cada día, en fidelidad a Dios y entrega a los hermanos.

Terminamos nuestro encuentro con una pequeña merienda, compartiendo también alegría y fiesta en fraternidad.

Una tarde para recordar, revivir e interrogarnos sobre su testimonio y su interpelación para cada una de nosotras, continuadoras hoy de un Carisma que nos une como Familia y que queremos seguir manteniendo vivo.

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